Recuerdos para mi Maestra Francisca de Lacayo

Leandro Delgado Miranda

Recuerdo a mi primera maestra, la maestra Francisca de Lacayo, fui su párvulo, la escuela quedaba de la esquina de Juan Morales 50 vrs. arriba en la Matagalpa de mis recuerdos allá a mediados de la década de los cincuenta.

El primer día de escuela, mi padre me llevó de la mano hacia la nueva escuelita donde cursaría mi primer año escolar. Esta escuela solo atendía alumnos de primeras letras a tercer grado de primaria. Los que iban saliendo de tercer grado tenían que buscar otra escuela donde terminar la primaria.

Como vivíamos frente a la escuela nunca llegue tarde, invariablemente llegaba diez minutos antes de que fuera tocado el timbre que anunciaba la entrada a clases. Pasaba directamente a saludar a la Maestra Francisca que era la dueña y directora de la escuela y a su vez la maestra de tercer grado. La maestra se encontraba junto con su marido, siempre pulcramente vestidos, junto a las demás profesoras que estaban en espera de la llegada de los niños.

Mi papa me presentó con mi nueva maestra. Recuerdo haber extendido la mano en señal de saludo, la maestra me quedo viendo, se agachó y con una amable sonrisa me abrazó y me dio la bienvenida. Debido a esta cariñosa bienvenida, nunca tuve problemas para asistir a la escuela.

El esposo de la maestra se puso a conversar con mi Papá. Mientras tanto la maestra me tomaba de la mano y me conducía al aula donde ya estaban otros niños esperando la llegada de la maestra, cuando ambos entramos, todos se pusieron de pie, la maestra me indico donde debía de sentarme y así lo hice,

El olor a cuero, la fortaleza del bulto y las hebillas para abrirlos acaparaban mi atención, una vez logre abrirlo busque la pizarra, el pizarrín, llevaba dos, uno de “leche” y “el negro” que se quebraba fácilmente, Todo estaba en orden, mi madre se había asegurado de eso antes de que saliera para la escuela.

La pizarra tenia a un lado una almohadilla que servía para borrar lo escrito en la pizarra y algunas veces había que lavarla, para ese menester en un resquicio de la pared estaba habilitado un bote de “avena Quaker” lleno con agua, allí tomaban los niños el agua para limpiar lo escrito en la pizarra que llevaban para escribir la siguiente tarea.

Desde el primero momento que vi a la maestra me impresionó su figura, era una mujer obesa, con una cara redonda, con una gran mata de pelo, uñas largas, dientes bien alineados y siempre sonriendo enseñando una calza de oro en sus dientes delantero, se me antojaba pensar que esa era la imagen de los ángeles comelones y regordetes.

Desde un mismo momento simpatizamos la maestra y yo.  El primer día de clase transcurrió sin novedad alguna, se presentaron los alumnos, al pasar lista la maestra, cada alumno iba diciendo su nombre. El total de alumnos éramos once, el aula era cómoda, no había ventanas, era dos paredes de adobe pintadas en blancos, donde colgaban mapas de Nicaragua, Centroamérica, Suramérica, América del norte, etc. Tampoco tenía puerta, pues el aula se usaba como pasadizo hacia las otras aulas.

La jornada de clase se dividía en dos turnos matutino y vespertino, el matutino de 8 a 11 de la mañana y el vespertino de 2 a 4 de la tarde.

A los pocos meses mi maestra y yo, habíamos desarrollado una sólida amistad correspondida. A pesar de que la maestra era fuerte en su carácter y además era ella quien aplicaba la disciplina correctiva a los desobedientes y rebeldes, conmigo no tenía ese tipo de problema, pues siempre llevaba la tarea, siempre atento a la clase, siempre participando y sobre todo siempre puntual y bien presentado en el vestir, aunque no había uniforme de diario, llegaba de pantalón corto, calcetas blancas hasta la rodilla, zapatos bien lustrados y las uñas siempre limpia, y bien peinado, de eso se encargaba mi Madre quien invariablemente estaba atenta de como salía para la escuela.   

La vivacidad e inteligencia y obediencia que ella demandaba de cada niño, hizo que la maestra nos distinguiera con su aprecio y consideración, no recuerdo haber sido jamás castigado físicamente por la maestra ni yo ni ninguno de mis compañeritos, el castigo era para los alumnos de más edad y que cursaban grados superiores. Mirábamos con temor como otros compañeros era castigados por la maestra, los ponía arrodillados con los brazos extendidos y con un libro en cada mano por diez, veinte o más minutos, dependiendo del grado de la falta, a las niñas que se portaban mal las ponía con las manos en la cabeza por un tiempo determinado, igual, dependiendo de la falta.

Con el pasar de los años la Maestra me inculco el amor por la lectura, de tal manera que sembró en mi un amor obsesivo por la lectura, todo libro que caía en mis manos lo leía con voracidad, y cuando no lo comprendía le preguntaba a ella y siempre con mucha gentileza y cariño me explicaba y así disipaba mis dudas. Con la maestra aprendimos nuevas técnicas de lectura, ella siempre se acompañaba del diccionario y de esa manera la comprensión de la lectura se hacía muchos más clara.   

Por esa razón, aunque no era el mejor alumno, si era un alumno que destacaba por la participación en todas las materias y desde temprano me hacía notar por mis minúsculos dotes de oratoria, de tal manera que la maestra me tomaba en cuenta para algunos actos culturales que había en la escuela.

La maestra era una ferviente y hasta fanática religiosa, católica furibunda. En toda actividad que programaban los curas, ella tomaba parte y para eso contaba con la participación abligada de todos los alumnos de su escuela.  

Cuando venían las fiestas patrias, era una semana de actos, donde todos los alumnos participaban. La maestra elaboraba los diálogos de todas las partes que los alumnos debían de decir. De tal forma que hoy, se representaba a José Dolores Estrada, el general que venció a Byron Cole en la Hacienda San Jacinto, desde entonces se enseñaba que los indios flecheros de Matagalpa habían tenido una destacada participación en la batalla de San Jacinto y que es un orgullo de todo los Matagalpinos.

Al siguiente día era Miguel J. Larreynaga y Silva distinguido leones que fue abogado, escritor y jurisconsulto, considerado como prócer de la independencia de Nicaragua. Para cerrar la semana, porque era una semana la que designaba el Ministerio de Educación Pública para celebrar las fiestas patrias, en la clausura de esas fiestas, la profesora escogía y preparaba algunos alumnos para que declamaran poemas de nuestro gran bardo Rubén Darío especialmente “Los motivos del lobo” desde entonces lo aprendí de memoria.  A todos estos actos asistían, invitados por la directora, todos los padres de familia.

Cuando le llegó la hora de dar “la primera comunión” fue la maestra la que nos preparó. Nos enseñó de corrido el “Yo pecador”, “El credo” etc., para después someternos al examen riguroso que nos hacían los padres franciscanos que estaban al frente de la Iglesia de San José y que examinaban con rigurosidad a los aspirantes, y la maestra no se podía dar el lujo de que un alumno suyo no pasara dicho examen,

Una vez notificada por el cura que todo estaba en orden, se daba a la tarea de preparar todo lo concerniente a la celebración de la primera comunión la que siempre caía en el día de San Francisco de Asís.

El 4 de Octubre día de San Francisco, se designó para dar la primera comunión de todos los alumnos que se habían preparado para la ocasión. ¡Era el día especial de la Escuela!  Día de San Francisco, escuela de nombre “San Francisco”, esposo de nombre Francisco y ella que también se llamaba Francisca, de tal manera que ese día lo celebraba a lo grande y de una manera muy especial. Recuerdo que para ese día se tenía que llegar con uniforme de gala, camisa blanca, pantalón y corbata café, zapatillas cafés bien lustrada.

Ese día para mí también fue muy especial, por tomar la “primera comunión”, “por confesarme ante un cura”, “por recibir el perdón de mis pecados” y sobre todo por el desayuno que hicieron en la escuela como el primero de todos los convivios que ese día se celebraban.

A mí no me importaba ni comprendía nada de la liturgia que se desarrollaba, a mi lo que me importaba era que ese día estrené zapatos y por vez primera me puso un traje entero, con corbatín y unos guantes blancos que me parecían muy incomodos, sobre todo cuando me tocó portar la candela encendida y tuve que persignarme con la mano izquierda.

Todos estos son recuerdos de mi infancia cuando era un párvulo, donde tuve el privilegio de ser enseñado y conducido por una noble maestra. Por razones del destino tuvimos que marcharnos del barrio y yo fui a parar al cuarto grado de primaria al Colegio San Luis.

El tiempo en su paso inexorable me llevo a acumular años y de repente y sin darme cuenta pase de ser niño a un inquieto adolescente, los años habían pasado rápidamente y sin darme cuenta y una noche de tantas me puse a pensar de cuando era niño y me pregunte por mi querida Maestra Francisca, le hice la pregunta a mi madre y me respondió que la Maestra tenía dos años de haber fallecido y que la escuela había desaparecido. Sentí un profundo dolor y es hasta ahora que tengo el privilegio de dedicarle estas pocas letras a la mujer que me enseño el valor de la lectura y del estudio.

Fueron varios los compañeros que tuve, no quiero mencionar a los que mi memoria recuerda para no herir susceptibilidades de los que no me acuerdo, pero estoy seguro que todos los que tuvimos el honor y privilegio de ser alumno de la Escuela San Francisco de Asís de la Maestra Francisca de Lacayo al leer este material asomaran algunas lágrimas de cariño y de recuerdo por esa insigne Maestra.