RECUERDOS DE LAS POZAS EN MI MATAGALPA

Cuando éramos apenas unos jovencitos que vivíamos enfrente al Parque Darío allá por el año de 1958, veíamos como los jóvenes mayores que nosotros, se divertían con un pasatiempo que ya se perdió en Matagalpa y hace muchos años.

Era común y corrientes que todos los jóvenes aprendieran a nadar a corta edad; había tantas pozas cercanas que se escogía donde se quería ir a bañar.

Para los que no sabíamos nadar lo prudente era que fuéramos a la poza de “La Culebra” esta poza era amplia, poco honda, nos llegaba hasta las rodillas y sus corrientes eran mansas, por supuesto que me refiero en los pocos meses que no llovía, en esa época en Matagalpa llovía nueves meses y los tres restantes brisaba.

Allí fuimos a parar, mi hermano Roger y yo, a “chapalear” agua, la frecuentamos por varios meses, mientras se nos quitaba el miedo. En verano (los tres meses que brisaba) esa poza era de lo mejor, pero en invierno era diferente, no nos atrevíamos a meternos, porque su caudal cambiaba rápidamente.

Como sus corrientes venían rio arriba, con las lluvias fuertes, era muy peligroso para los chavalos que no sabían nadar intentaran hacerlo en sus aguas frías, color de lodo, propio de los inviernos.

Así pasábamos el tiempo esperando saber “chapalear” lo suficiente como para no “ahogarnos”, cuando se está aprendiendo algo nuevo, siempre se vuelve obsesivo, nos hacemos “rigiosos” Una vez que sintiéramos que podíamos hacer más que “chapalear” nuestra meta era bañarnos en todas las pozas rio arriba, hasta llegar a la poza “La Presa” llegando allí y bañarnos en sus aguas era algo así como la graduación como expertos nadadores, cosa que nunca lo logramos por más esfuerzos que le hicimos.

El siguiente verano lo aprovechamos en cumplir la meta, abandonamos la poza “La Culebra” y nos fuimos a la poza de “Las canoas”, era diferente, más honda, nos llegaba al pecho, más caudalosa, había mucha caña de agua que albergaba muchos peces, pero era muy pedregosa, el rio corría alegre, limpio, sus aguas siempre frías, nos hacía tiritar en un dos por tres, pero no nos importaba.

Unas pocas semanas estuvimos en “Las Canoas” y luego pasamos a la poza del “Chivo” allí estuvimos el resto del verano.

Para llegar a la “Poza del Chivo” teníamos que caminar desde el parque Darío hasta la salida de Jinotega, de donde vivió el Sr. Salomón López seis cuadras buscando la entrada del que poco tiempo después seria “el parque de los monos” en ese tiempo era potrero, terrenos ejidales que pertenecían a la Alcaldía, había mucho monte y para salir al barrio Totolate que recién se estaba habitando, había que bordear el rio, había un caminito que los lugareños habían hecho.

Particularmente “La Poza del Chivo” en mi tuvo un efecto mágico. Desde la primera vez que nos bañamos en ella, quede encantado. Había una roca grande, maciza, sobre ella nos desvestíamos y guardamos la ropa y luego sin calzoncillo nos metíamos al agua fría, el caudal cantarino corría alegre sobre su lecho.

“La Poza del Chivo” era igual que las demás pozas que habíamos bañado anteriormente, solo que tenía algo en particular, en las demás pozas habíamos aprendido a “chapalear” y a medio bracear, pero esta poza prestaba todas las condiciones para aprender a “tirarse” al agua.

La roca grande tenia las condiciones para aprender a lanzarse al agua. Primero lo probamos metiendo los pies y luego nos tirábamos al agua. Claro está que fue poco a poco. Nos metíamos en toda el área de la poza, queríamos conocerla, en ningún lado nos “tapaba” nos llegaba un poco más arriba del pecho la parte más honda y la corriente no era muy fuerte debido a que lo antecedía un lecho culebreado. Una vez que nos cercioramos de la profundidad de la poza, el miedo desapareció.

Por supuesto que eso nos tomó todo el verano. Mi madre era la que nos daba el permiso para ir y esto fue porque en una ocasión llegamos mojados por que la ropa se nos cayó al agua, recibimos tremenda sacudida con una faja que ella usaba para corregirnos. Unos días después la convencimos que nos diera permiso, ya le habíamos confesado nuestro periplo por las pozas en que nos habíamos bañado. Como coincidían las vacaciones con el verano y nos portábamos bien, entonces nos otorgaba el permiso para ir a bañarnos y así logro que nos portáramos mejor.

La vez primera en que fuimos con permiso, mi madre nos había comprado unas calzonetas, porque ella considero que era impúdico que nos exhibiéramos como Dios nos trajo al mundo. Cuando nuestros amigos de la vecindad se enteraron que habíamos conseguido permiso de mi madre, ellos nos pidieron que fuéramos hablar con sus padres para que les diera permiso de acompañarnos. A unos les dieron el permiso a otros no. Salíamos un grupo de cinco niños, pero nos acompañaban un mayor para vigilarnos y corregirnos. Era maravilloso esos paseos que nunca más volverán.

En la “poza del Chivo” vivimos una experiencia inolvidable, en una tarde que gozábamos del baño, para asombro nuestro, vimos que la corriente traía flotando el cuerpo de un hombre gordo, negro, no era cadáver porque venía fumando, paso por nuestro lado rumbo a rio más abajo y que nunca supimos hasta donde llegó. Intrigados investigamos y nos dimos cuenta que el Sr Horacio Mongrío, por apodo le decían “panza de mono” con alguna frecuencia acostumbraba hacerlo y llegaba hasta la poza de Dn. Bruno que quedaba camino a Las Tejas, nunca supimos si era cierto o no, pero si lo vimos flotando y fumando.

Cursaba el cuarto grado en el Colegio San Luis, teníamos de profesor al Sr. Humberto Mairena, de grata memoria, una persona extraordinaria, sensiblemente humano, sabio de ciencias y concejero oportuno, cuanto agradecimiento conservo por este profesor. Cuando tenía una edad avanzada y ya se había jubilado, la muerte lo sorprendió precisamente en el rio de Matagalpa, una crecida inundó su casa y se ahogó. Cuando me di cuenta de la forma en que había fallecido, no pude evitar un nudo en la garganta y mis ojos se humedecieron, elevé una plegaria por su familia doliente.

En el Colegio San Luis recibíamos clases en dos turnos, matutino y vespertino de lunes a viernes, y los sábados normalmente eran días deportivos, se alternaba entre juegos de campos o proyectaban películas, los que decidían ir a jugar futbol o béisbol lo hacían y los que no, se quedaban a ver la película a proyectarse.

En una ocasión en que ya habíamos visto todas las películas que tenían de Joselito y otros actores infantiles, lo encontrábamos aburrido el volver a verla. Un grupo de alumnos de tres o cuatro no hallábamos que hacer, porque el futbol no nos atraía, a mí se me ocurrió que fuéramos a bañarnos a “La Poza del Chivo” mi poza preferida, donde había aprendido a “tirarme” hasta de “cabeza” que en realidad eran “panzazos” todos estuvimos de acuerdo porque quedaba cerca, a unas cuantas cuadras y era una nueva experiencia. Un poco después que dio inicio la proyección de la película de Joselito “Marcelino pan y vino” nos salimos furtivamente del colegio rumbo a “La poza del Chivo”

Supongo que era invierno, esa mañana de sábado, nunca la he podido olvidar y creo que nunca la olvidare. Llegamos a los pocos minutos a la “Poza del Chivo” y la mayoría nos disponíamos a quitarnos la ropa, cuando el de mayor edad del grupo nos retó a que fuéramos mejor a bañarnos a la poza de la “Presa”, argumentó que de todos modos quedaba cerca y que allí se podía demostrar si sabíamos nadar o no. Traté de oponerme porque en el fondo no me sentía preparado para bañar en esa poza, pero para no parecer cobarde y dominando mi miedo marché junto a los demás.

Es necesario decir que en “La Presa” no se admitían chavalos, allí era el centro de natación de los más connotados nadadores de Matagalpa, allí se reunían la crema y nata de los verdaderos nadadores que Matagalpa tenía en ese entonces.  

“Charleta” “Mecha de candil” el “mudo Siles” “Chacalín” “El chino Wong” “Sanganillo” “panza de mono” y otros potenciales ganadores en resistencia de medallas olímpicas.

Casi siempre se mantenían dos o tres de ellos por la tarde, llegaban a la una de la tarde y se reunían varios para apostar a uno de ellos, jugaban “el burro” que consistía en macear a quien le tocaba de primero para que al tocar la cabeza al que pudiera agarrar, este quedaba con la obligación de seguir a los demás para tocarle la cabeza y de esa manera trasladaba la obligación de seguir al resto.  

Todos ellos aguantaban más de dos minutos debajo del agua y era virtualmente imposible tocarles la cabeza, era algo maravilloso esos juegos, después de varios minutos que no podían tocar a nadie el tiempo se vencía y se daba por vencido y era eliminado hasta que quedaban solo dos de ellos, la apuesta a estas alturas se había cuadruplicado y ya había reunidos una buena cantidad de curiosos, todos mayores, a los pequeños no los aceptaban. Un día ganaba uno, el otro día el otro y así sucesivamente, el ganador de las apuestas premiaba al ganador del concurso dándole parte del dinero ganado.

Pues el sábado en cuestión en que marchábamos rumbo a una placentera mañana de natación, llegamos pronto a la presa, era la primera vez que la miraba, majestuosa, tenían unos 8 metros de anchos, 20 metros de largo y 3 metros. de profundidad, aguas heladas, de rápido correr, había un frondoso árbol de Chilamate con grandes raíces que se volvían peligrosas para el inexperto nadador porque podía quedar atrapado en ellas. Desde sus ramas muchos se hacían “clavados” espectaculares al agua.

Para mí era una revelación, quede sumamente impresionado por el paisaje que se presentaba a mi vista. De todo el grupo solo dos nos quedamos de ultimo quitándonos lentamente la ropa, entre temerosos y deslumbrados. Los otros ya se habían lanzado al agua y nos invitaban a que nosotros lo hiciéramos.

Había uno de los nadadores expertos que estaba llegando y nos llamó la atención, que si no sabíamos nadar no nos metiéramos, pero pudo más el orgullo que el consejo y me lance al agua, al momento sentí que la corriente era demasiado fuerte, me arrastraba y me hundí, de nada me sirvió el entrenamiento previo en otras pozas, no pude ver nada por el color oscuro de las aguas, el miedo se apodero de mí, sentí las raíces del Chilamate, sentía que me ahogaba y de repente con una rapidez increíbles sentí que una mano me tomó y me sacó afuera, en un dos por tres me sentí en la orilla tosiendo a mas no poder, había tragado agua.

Demás está decir que le entregue el poco efectivo que andaba a mi salvador, en agradecimiento por el acto que hizo de salvar mi vida. Luego supe que el que me había sacado era el famoso “Chacalín” años después le vi, le reconocí y hasta entonces le pude expresar mi agradecimiento el que perdura hasta el sol de hoy.

Nunca más volví a visitar la poza de la “Presa”, cincuenta y tantos años después que escribo estas anécdotas, le pedí a mi editor que tomara unas fotos de lo que queda de esa magnífica poza, ¿pueden creer que no pude dar crédito a lo que mis ojos veían? ahora es un camino por el que transitan montados, no hay Chilamate, ni nada que me recuerde que allí pude perder la vida.

Me prometo que la próxima vez que vaya a mi querida Matagalpa pedirle a mi fotógrafo y editor que me acompañe, tal vez estando físicamente allí pueda identificar el lugar de lo que antes fue, la mejor y la más respetada poza de “La Presa” en mis tiempos de juventud y en mi querida Matagalpa, la que hoy no es más que un vago recuerdo para todos los que tuvimos la oportunidad de admirarla y de bañarnos en ella.

Escrito:

Leandro Delgado Miranda