Alvaro Ramón, El centauro del Norte

 

A los once años, Alvaro Ramón Rodríguez Rubio se metió al corral de la finca de su papá y con una cuerda lazó a un brioso torete y lo montó hasta que la bestia lo tiró al suelo.

Desde entonces Alvaro le perdió el miedo y el respeto a estos bravos rumiantes, a tal punto que ahora ha convertido las corridas de toros en la mayor pasión de su vida. Casi nadie lo conoce por su nombre de pila, sino por “El Jalapeño”, ya que nació en aquel valle de Nueva Segovia, hace 29 años.

Lo que siguió después fue una larga y agitada carrera que lo ha llevado a recorrer a lomo de los más bravos toros y los caballos más chúcaros, las mejores barreras de Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala, Costa Rica y México, donde estuvo montando caballos mostrencos al estilo de los famosos rodeos gringos.

En sus 18 años de “monta- toros”, dice que ha montado unos tres mil cuadrúpedos, entre bovinos y equinos salvajes, por eso tiene en su cuerpo varias cicatrices que le recuerdan lo peligroso de este deporte, como la que le dejó un toro en el brazo izquierdo y otro que le quebró la nariz, pero como él mismo dice, “esos son gajes del oficio”.

Lo que hace de Alvaro uno de los montadores más solicitados en las barreras es su audacia casi suicida, ya que además de exigir montar sólo los toros más bravos, logra levantar de las tablas al público cuando se tienta a la muerte montado en el lomo de un impetuoso toro de 900 kilos con la cara para atrás o con los ojos vendados.

Aunque no tiene necesidad porque en Waslala y Jalapa tiene “unas tierritas y un ganadito” para vivir cómodo, la pasión por la fiesta brava es más fuerte que su propia voluntad, por eso las barreras de toros ejercen en él una atracción irresistible.

Este es mi deporte favorito, al que le gusta montar toros es como al que le gustan las cervezas, se llega bueno y si mira tomar le dan ganas”, comenta.

Por su vasta experiencia, Alvaro aconseja a los nuevos montadores de toros que lo hagan solo cuando estén buenos y sanos, nunca borrachos “porque bolos no saben lo que hacen, van drogados por el licor y no recapacitan”. Aunque afirma sentirse muy contento, dice que este año piensa retirarse de los rodeos, pero no de las fiestas bravas.

“Quiero buscar las líneas blancas del camino, quiero seguir la línea recta, esto es bueno porque no permite la droga, pero más que todo es sólo para animar las fiestas”, concluye “El Jalapeño”.